sábado, 9 de julio de 2011

Respirando con mi mamá.

No sé qué contar, pero tengo ganas de escribir así que... ya saldrá algo. Creo que empezaré por describir la escena. Estoy escuchando electro, bueno, ESTABA escuchando. Ahora estoy con System of a Down (Atwa, para ser más exacta). Ando en buzo, como cualquier sábado por la tarde: cómoda y tranquila. Podría estar más cómoda si estuviera echada en mi cama, pero hace unas semanas me salió bendito aviso "Considere cambiar la batería" y bueno... no ando muy bien de dinero entonces tengo que cuidar que ésta no se sobrecaliente. La canción cambia a Nirvana. Smells like Teen Spirit. Inmediatamente viene a mi mente una de las tantas imágenes que alguna vez busqué de Kurt Cobain. Reviso el Facebook y esbozo un par de sonrisas de rato en rato. Es que en Facebook uno encuentra de todo, por ejemplo ahora, que leo comentarios de gente que quiere desde embriagarse hasta faltarse el respeto hasta buscar compañeros de estudio para el examen de subsanación del lunes. En el mar de actualizaciones que minuto a minuto vomita el "Más Recientes" leo uno que me llama la atención. 

"Qué día para más genial". Hace 18 horas. 


Ayer. Ayer sí fue un día estupendo. Ayer me dieron notas de los exámenes que no creí aprobar pero que finalmente aprobé. Ayer la necedad visitó el campus y nos infectó a mis amigos y a mí después de clase. Ayer me di un respiro, un tiempo para mí. Llegué a almorzar a caer de cuatro, estaba cansada y tenía hambre. Almorcé leeento, casi sin ganas. Crucé un par de palabras con mi abuela, que estaba molesta. "Tu mamá no se ha aparecido en todo el día, anda a buscarla". Yo estaba cansada y de verdad no tenía más intención que terminar, cerrar la laptop y echarme a dormir, así me digan que dormir después de comer engorda. Me importaba un pepino si engordaba, tenía sueño y punto, pero la doña andaba preocupada por la otra doña, entonces no tuve más que inventarme las fuerzas. 

Vi por la ventana y el cielo estaba nublado, como me gusta.


Se notaba que el frío era quien dominaba ahí afuera, entonces me abrigué. Colgué del hombro el bolsito que me acompaña a todas partes y salí en dirección a la que -en teoría- es mi casa. No estaba. Subí a su cuarto y las cosas estaban intactas y ordenadas, entonces descarté la opción de que hubiese salido minutos antes. Mi mamá es desordenada... casi tanto como yo. Bajé al comedor. Mis papás suelen dejar notas encima de la mesa cuando no están. "Vuelvo temprano", "Fui a comprar", "Estoy en casa de Patty", "Fui al Banco" y cosas así, pero nada, esta vez no había nada. Vi la hora y eran las cinco y algo. Llamé a mi abuela para decirle que no estaba. 

Y tuve una corazonada.


Hace un par de semanas que el sindicato del trabajo de mi mamá está en huelga. Desconozco las razones pero sé que la huelga ha perjudicado a todos, incluso a mi mamá. Por una extraña razón pensé que mi mamá había ido a averiguar cómo iba todo a la plaza, que es donde se ha atrincherado el sindicato. ¿Y si no está? Bien, si no estaba tenía mi plan de resguardo: a pocas cuadras de la plaza está la Biblioteca que acababan de inaugurar hacía no más de dos meses, la Mario Vargas Llosa. Desde que abrió sus puertas moría de ganas por ir y si no encontraba a mi mamá, esa era la oportunidad. 
Salí de la casa y cerré con llave. El viento y el frío hacían de las suyas, pero el cielo era hermoso y eso era más que suficiente para soportar lo otro. Caminé a tomar el bus, que no estaba muy lleno cuando subí. 


Me sentí mayor, casi adulta... por no decir vieja.

Me sentí responsable yendo a buscar a mi mamá, preocupándome por ella como muchas veces ella lo hizo y lo sigue haciendo por mí. Caminé y llegué a la plaza. Vi un montón de gente, pero entre la multitud logré distinguir un grupito que escuchaba atentamente las palabras casi gritadas de una señora que se veía muy segura de sí. Di un vistazo rápido, como si así iba a encontrar a mi mamá. 

Y la encontré.

Estaba paradita, casi al final. Se veía preocupada. Me imagino que tendría las razones suficientes para estarlo, lo poco que escuché de la señora que al parecer era la presidenta del sindicato no significaba ni una sola buena noticia. Me dirigí hacia ella -mi mamá-, bajo la atenta mirada del grupito que ya me había identificado como una no-trabajadora. Le toqué el hombro despacio, para que no se asuste y volteó. Sonrió bonito y con sorpresa. No dijo nada. No me preguntó ni por qué fui a buscarla ni cómo supe que estaría allí. No pasaron muchos minutos para que la improvisada asamblea termine. Las amigas de mi mamá me vieron con sorpresa y me hicieron sentir guapa, grande, bonita y todo lo que las amigas de la mamá dicen cuando ven a uno después de lo que hacen parecer veinte mil años cuando en realidad fueron dos.


Le dije mis planes y accedió.

Caminamos hacia la biblioteca, me sentí lo máximo. Yo saliendo con mi mamá y no era para pagar cuentas o para comprar... era para ver libros. Mi mamá nunca pareció muy interesada en que a mí me atraigan los libros y esas cosas. Lo tomó como algo paralelo a mi edad, como un gusto más. Fuimos y en el camino le dije que me gustaría estudiar Literatura a la par de Ingeniería Comercial, ya que no pudo ser mi carrera principal. Me miró, me sonrió y me dijo que por qué no. Me sorprendí mucho, considerando que hace unos meses me dijo que moriría de hambre si lo hacía. Supongo que las cosas han cambiado porque ya no sólo estudiaría eso, sino lo haría como una segunda opción, como un hobbie profesional. (¿se podrá decir eso?). 


Entramos y fue otro el mundo que me saludó.

Detrás de las rejas y en medio de las paredes de sillar, otra dimensión me dio la bienvenida. Había una pileta y la caída del agua era lo único que se escuchaba en medio de ese silencio que transmitía una incomparable paz. Fue hermoso, sinceramente hermoso. El lugar tenía flores, no recuerdo cuales pero se veía bonito. La noche, las luces, la gente inexistente... Paz. No era más que eso. Ingresé a una sala, donde habían muchos estantes que no estaban rebozados de libros, pero que sí tenían un montón. Le hice una seña de saludo a la señora que cuidaba la sala y pisando despacio ingresamos. Empecé a ver los libros con detenimiento. Leía los títulos y muchos de ellos me eran conocidos. Me distraje leyendo uno a uno y vi que mi mamá hacía lo mismo. Agradecí hablar con señas y le dije que me gustaría leer ese, señalando uno con el dedo. Me preguntó cuánto estaba y le dije que no creía que estuviera en venta. 

Me causó gracia que mi mamá quiera comprarlo.

Seguí viendo los estantes, había uno dedicado exclusivamente a las obras de Vargas LLosa. Vi uno, Reportero a los quince años y me llamó mucho la atención que estuviera ahí a pesar de que no lo hubiera escrito Mario. Lo tomé y empecé a leer las primeras hojas y bien, descubrí que hablaba de Mario en su interior. "Voy a leerlo", le dije en señas a mi mamá que también lo cogió con notable interés por saber de qué se trata. Me paseé por la salita de cuatro paredes que no era inmensa pero sí grande. Que no estaba repleta pero sí llena. Que no estaba infestada de gente pero tampoco era solitaria. Que no pecaba de silencio mortal pero sí de acogimiento. Un lugar hermoso para leer. 

Pero más hermoso fue lo que vi.


Vi que mi mamá no paseaba perdidamente la mirada entre los libros que se distribuían entre el estante de MVLL, el estante de autores peruanos, el de los latinoamericanos, el de los europeos y el de los clásicos.
Ella leía y le importaba lo que leía. Tomaba libros y los leía. Esa imagen quedó grabada en mí y me trasladó a la felicidad del casi-llanto que al recordar vuelve a acecharme. Fue increíble, fue genial. En mis planes tengo regresar con frecuencia y me atreví a decírselo a la bibliotecaria. Salí del recinto con esa sensación a vida de la que pocas veces somos conscientes a pesar que cada día nos la regala. Mi día de ayer sí que fue hermoso.

2 comentarios:

Arita dijo...

Yo también quiero ir.. Dime dónde :)

Erika Zeballos dijo...

Dime un día que puedas y te llevo :D, es en el centro.