jueves, 22 de septiembre de 2011

¿Toda la noche?

¿Cuándo es que una mujer descubre que no es tan torpe con los tacos? Pues cuando se los pone, cuando camina con ellos por un buen rato y cuando no tiene problemas al hacerlo, obviamente. Cuando ve que su rodilla no se flexiona, cuando ve que no hace las zancadillas premonitoras al momento del colapso en el que casi mecánicamente una tiende a sentarse donde puede y quitarse aquello que la hace ver más estilizada a cambio de un poco de dolor. 

La belleza duele. 

Yo, sinceramente, no acostumbro a usar tacos. No los necesito, si es que lo vemos desde el punto en el que los tacos te hacen ver una persona alta. Pero por no-sé-qué razón se me dio por ir con tacos a una fiesta. Después de tanto tiempo que me elevaba nueve centímetros del piso. Y sí, es verdad, no es mucho, pero como dije, no estaba acostumbrada o bueno, ya había perdido la costumbre. Los tacos hacen que una se sienta mejor, no sé, creo que es la magia de los zapatos. La conexión, la interacción entre los zapatos y las mujeres son lo que nos hace sonreír casi por inercia. Es automático. Desde el momento en el que te sientas al borde de la cama, los calzas y te pones en pie. Caminas un poco, te diriges hacia un espejo. Te miras, los miras, torneas los pies para ver cómo se lucen y te haces LA pregunta. 

¿Aguantaré toda la noche? 

Y mariconadas pues, te haces la macha, la fuerte, la "ya no ya" y te mentalizas con que sí vas a aguantar. Tomas precauciones y cargas con un bolso en el que todo tenga su debido espacio, sabes que sólo lo harás si es necesario. Sólo en caso de emergencia. Te haces de la idea que llegarás, conversarás un poco con los amigos; entre ellos un amigo - que no ves hace mucho o que ves casi siempre - y bailarás hasta rayar el piso y que aún así la pasarás bien y tendrás toda la energía del mundo para caminar mil kilómetros más y todo eso en tacos. Todo esto me hace pensar en ese libro que leí hace un par de años, cuando estaba aún en el colegio. En fin. La idea es que estás dispuesta a irte a mil por hora y sin importar cuán aguja sean tus tacos. Llegas al punto de encuentro, que generalmente es un lugar público cerca a la fiesta, o bueno, acá es así. Todo va bien. Caminas un poco, sí, ya, "sí la hago" dices. Todo Ok. Las cinco personas con las que quedaste ya están y se disponen a ir caminando al lugar. Conforme el piso se arrastra hacia atrás bajo tus pies, todas las ganas que tenías por escalar el mundo, correr maratones, saltar soga, bajar gradas interminables, jugar fútbol, subir a una escalera de cuatro metros de altura, estar en algún juego mecánico o por último, ir a la fiesta; murieron. Tus mil kilómetros fueron el sueño más hermoso de la noche y la fantasía cambiada por tu pesadilla más tortuosa.

Puto alcalde, balbuceas.

Las veredas con infinidad de líneas que no son más que interminables surcos poseedores de un gran talento: atracar tu taco; se disponen a odiarte. Es como si de los susodichos salieran manitos invisibles para jalarte de los zapatos y te retuviesen a acomodarte. Y te preocupas. "En una de esas me voy a quedar sin taco, puto alcalde". Y te agobias y maldices a la municipalidad y al genio que diseñó tu sufrimiento de la manera más pasiva y cruel. Pasaste mil veces por esas calles, por ese lugar, por esa misma vereda que ahora insultas y jamás te diste cuenta de lo terrible que podían resultar esos aparentemente inofensivos surcos, cuyo principal objetivo era ornamentar la calle. Objetivo que es capaz de convertirse en nada más que una pantalla para esconder las verdaderas intenciones. 

Quieren que te caigas. 

Los hombres se la llevan más fácil. Para salir a divertirse sólo han de bañarse, rociar un poco de perfume, ponerse un jean o un drill, un polito, una casaca y unas zapatillas casuales. Se ven bien y ahí muere todo. Nada de tacos, nada de surcos, nada de quitarse los zapatos en media fiesta, nada de privarse de bailar, nada de maldecir alcaldes. Nada de eso. Después de la caminata maratónica e interminable sobre el desfile de surcos malditos llegamos a la fiesta que me trató con amor y me hizo bailar hasta que los pies ya no aguanten. Hasta que el hecho de ir a casa se convierta en un doloroso acto. Felizmente mujer precavida vale por dos: abrí mi bolso y saqué las balerinas.

5 comentarios:

Victor Falconí™ dijo...

En realidad no sé porqué demonios existen los zapatos con tacón alto... No creo que una mujer necesite ser más alta. Pero hay algunas a las que les gusta andar con ese tipo de zapatos así que... Saludos y que bueno que llevaste balerinas...
PD: Las ranuras esas de la vereda sirven para que el cemento tenga espacio para dilatarse en los días relativamente muy calurosos...

Erika Zeballos dijo...

Desde luego que sí, pero no me refiero a esas ranuras que son completamente necesarias, sino a los surquitos... bueno aquí las veredas tienen ese tipo de ornamento. Gracias. Saludos.

[Maxwell] dijo...

Cierto que una mujer con tacos se ve elegante y linda pero he escuchado que es un DOLOR tal como lo narras.
Un par de balerinas entra en tu bolso??? no te puedo creer x)
Hay chicas que le gusta usar taco aguja, eso es peor creo.

OKIPERU ® dijo...

A mi me pasa lo mismo con los zapatos de vestir de hombre. Amo tanto mis borceguíes.

Erika Zeballos dijo...

Jajajajaj sí Max, el taco aguja es hermoso pero dueeeele... horrores! Gracias OKI por comentar.