lunes, 13 de junio de 2011

Mañas mañaneras.

Lunes, ocho con diez de la mañana. Me desperté tarde para variar. Lo peor es que los últimos días me he estado levantando temprano... Tenía la más pura de las intenciones: aprobar dignamente esta fase. Las otras dos las he aprobado de suerte y por mediocridad... Sin asistencia, sin puntos de participación y mucho menos trabajos en clase. Sólo con mi examen y un par de días que llegué temprano y me regalaron el puntito en la lista. No más. Mis onces me recuerdan eso: mediocridad.
Hubiera ido y hubiera llegado tarde, pero hoy ya lo estaba demasiado. Cuarenta y cinco minutos no están dentro de lo tolerable, más bien ya se pasan al lado rojo donde dice muy grande ME FALTAS EL RESPETO - Atte.- Profesor. Hasta hace un rato me estuve preguntando por qué coño me quedé dormida. Haciendo memoria... recordé que me acosté a las dos. Me acordé que cerré la laptop aún con ganas de jugar o seguir conversando y programé el despertador en mi celular. Lo puse a las cinco con cincuenta (La hora está adelantada por diez minutos, entonces inconscientemente tendría diez minutos más) y al poner "OK", la pantalla rezó "Quedan 3 horas, 43 minutos". "Mierda! no voy a dormir nada", me acuerdo que dije bajito, antes de obligarme a dormir. La pregunta inicial -¿Por qué coño me quedé dormida?- pasó a ser ¿POR QUÉ COÑO ME ACOSTÉ A LAS DOS?. Por tonta, por querer conversar, por querer escribir, por ver videos de Avenged Sevenfold -que tanto me encantan-. Lo normal es que me dé sueño y acabe con todos mis anhelos y motivos para gestionar mi plan H, entonces... ¿por qué no me dio sueño?
Miré la hora y me dispuse a ordenar toda la porquería que había creado en menos de quince minutos, en mi tonto afán de querer bajar las gradas saltando de cinco en cinco, abrir la puerta y que pase la combi, que la combi que pase esté vacía y me deje subir para luego matar a cuanto se le cruce en el camino y que me deje en la esquina donde me sabe dejar para que luego yo, con aires de la atleta que nunca fui (pero que día a día descubro cuando veo el reloj faltando tres minutos para iniciar clases) me meta el pique de mi vida y llegue sin agitarme a la puerta del salón. Campante, triunfante y feliz por haber vencido al tiempo. Ah, y lo más importante: que el profesor aún no haya tomado lista, porque de nada sirve que me haya bañado como un pato que salpica todo, que me haya cambiado en el baño -porque si salgo me pelo de frío-, que no haya tomado desayuno, que me haya vestido sin echarme crema, que me peine "de aquí pa' allá" como si mi cabello no pasara de mis hombros y que me haya metido un pique de asaltante maldito si es que al hermano gemelo de Vargas Llosa (son idénticos, por mi madre) se le ocurrió tomar lista antes. Pensé todo eso mientras ordenaba, vi la hora y fui a la cocina, a tomar desayuno, como rara vez. Cuando destapé el café, todo fue claro para mí.
"El café de anoche estaba buenazo, ¿cuánto le echaste, vieja?" dije dirigiéndome a mi abuela.
Cucharada y media
Poker face. Ahhhhhhhhhhhhhhh. "Ya, gracias" pensé. Fue ese el motivo de mi no-sueño, y por ende, el motivo de todo lo anterior. Ahora, faltando quince minutos para el inicio de mi otra clase, yo sigo sentada acá como que si en quince minutos voy a llegar... Pfff, no hacen mal en decir que la Universidad es una cosa de locos. Ocho y treinta y uno. Volaré C:

1 comentario:

L dijo...
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